Cuando observamos la enorme diversidad de satélites que están en órbita alrededor de los planetas del Sistema Solar exterior, a los geólogos nos encanta buscarles sus fracturas, como si estuviésemos interesados en darles costura. Durante mucho tiempo hemos interpretado esas señales, junto con otras muestras de deformación en sus cortezas, como la prueba inequívoca de que existe -o existió- un océano subterráneo. Parecía que esta lógica siempre estaba de nuestro lado: cuando un océano interior se congela o el hielo de la corteza comienza a fundirse, provoca unos esfuerzos y una deformación en la corteza que acaba rompiéndola por algunos puntos como si fuese el frágil cascarón de un huevo. Lo que no se consideraba hasta ahora era que los océanos de los mundos océano podrían entrar en ebullición.

NASA’s Cassini spacecraft turns the eye of its camera toward Saturn’s moon Mimas and spies the large Herschel Crater which itself looks like the iris of an eye peering out into space.